jueves, 6 de diciembre de 2007

Seis minutos

Como si sirviese para algo, para cambiar algo de todo lo que hay alrededor dejo que mi barba crezca. Despareja, como sucia y a manchones irregulares en mi cara. Crece. Y el tiempo pareciera ser el mismo y no cambiar. De mal en peor. Los días transcurren sin novedades alentadoras. Es el fin de año. Es época de balances, natividades y suicidios. De transpirar en trenes y subtes atestados de gente que ya ha nacido, hace balances y puede suicidarse en cualquier momento. Vagones atestados de historias que no me interesan pero que por suerte no conozco. Historias que si conociese probablemente me comprometieran de forma absurda, multiplicando heridas innecesarias.
Me pedís una buena noticia y no la tengo. Yo también espero una buena noticia. Espero. Esperanza. Algo que necesito. Espero.

Es fin de año y mis párpados pesan también a la mañana. No hay forma de que no sea así. De noche el sueño no viene y ahí estoy despierto sin poder hacer nada, mientras veo la luz vacilar en el aparente silencio. Es la edad me digo muchas veces. Pero es la edad o el estado. Es la edad o es la espera, la vigilia por esa señal que espero y que no viene. Las noches transcurren sin novedades alentadoras. Como vagones atestados de sombras que nunca terminan de decidirse.

De mal en peor, seguro. De mal en peor, pero teniendo en cuenta esa rebeldía ante todo, ante los vagones de ese tren que pasa y abandona, tanto adentro como afuera, sin siquiera abrir las puertas, en andenes y pasillos que se funden en un negro infinito. Hay algo más, algo quizás inteligente o quizás sólo terquedad. Algo que hace que me hacine, que sude esta bronca impredecible, sin suicidios, ni mañanas, ni reacciones, ni novedades. Un motor para seguir apretando los dientes… y los puños. Espero